- Pa' Ulises, acá, sin Penélopes cerca
Te miro como si pudieras mirarme. Sin cíclopes posibles, sin este azar de jugar al Cortázar de los besos de pájaro. Desde el asiento de pasajero, que me ofrece el honor de ser testigo de un viaje directo a la vida que no seria tan larga si no fuera por estos tapones o ese vellón que pierdes al pagar el peaje. Te molestas, con cosas pequeñas: lo mínimo, que a mí me haría reír si no te observara. Observarte, como si no existiera naufragio entre dos orillas que no se conocen.
¿Has visto a nuestro alrededor? No se si los escapistas frustrados tengan el tiempo. No importa. Me gusta contarte sobre lo que conoces. Por si miraras, pa regañarme porque me estoy volviendo loca o ignoro mucho de lo que tu ya conoces. Ojos que digan “irremediable”, pero que digan. Aquí hay tanto autobús, tanta promesa de tren, tanta alternativa inteligente en caso e’ cambio exacto. Tanto, y todavía no se como salvarte de la duda, de esta colección de humo, cemento y graffitis que no me dicen nada. Que no hablan. Tampoco esta vez volviste el rostro.
Es usual. La conversación languidece, en la radio los espacios comerciales proliferan como hongos. Si los árboles hablasen, la palabra sería un delito muy verde. Tu y yo, plástico libre, en un silencio inocente. Pero muy distinto. Aún no me miras pero no te culpo. Como no te culpo cuando pones pie en el acelerador y las gomas se van tragando los cráteres que habitaría un Bugs Bunny. Claro, si aún nos quedara el tiempo pa ser los niños que nunca fuimos.
Pienso en voz baja. Te abrazas al volante, que es un osito de peluche que aún guarda el olor de mamá después de ducharse y te entiendo, colega. A mi también me dan ganas de salir corriendo, de intentar contigo el papel de Houdinni tropical, ese que llevas a todas partes. Pero a mi no me sirve, me queda chico. No me da el espacio pa poner las alas y no me las quito porque no hay donde guardarlas. Tu baúl es un recoveco de poesías partidas que nunca te di.
Los cigarrillos son una balsa infalible al exilio. Sé que te divierte mucho contar las líneas de la carretera o desear un híbrido que te ahorre filas multitudinarias, por eso jamás te pido un encendedor. Esos que me voy robando o regalando, como si tuviéramos un tráfico de comunismo incendiario en los bolsillos. Encender un fósforo, fallar en favor de la brisa y reintentarlo matan 4.5 segundos. Son mis aliados. Y el humo, no hay que explicarlo.
Planteo charlas filosóficas con el retrovisor, este me promete que no todo será cierto. Sonrío, porque miente. Magnifica al Universo, que es tan pequeño, tan frágil, tan incapaz de soportar este frío de caribes apocalípticos. Lo distante se ve más grande. Patéticamente poético. Ahora soy yo la que me resisto a mirarte.
Me voy dando cuenta de que la autopista es interminable. Hay que ser como los pájaros. Si quedan alas. Tengo una mano que se hace cómplice de la fuga a ninguna parte. La ventanilla sería una azotea muy alta y mi muñeca una señora muy pequeña jugando a la muerte. No se suicida nunca porque es de mala educación morirse en mitad del tránsito. Las interrupciones deben ser evitadas a toda costa, aligerar. Mis 5 dedos cabalgan el viento, combaten. Siempre hay una resistencia, abrirlos lo más posible. Agradezco tu prisa, arena idónea. La brisa, más violenta, golpea la palma de mi mano con la furia inocente de niños pequeños pateando el vientre materno. No me hagas caso.
Te hablaría de tantas cosas, si solamente miraras...